08 abril, 2016

Como odié al Madrid


Desde que tengo memoria he sido un ferviente aficionado al deporte colectivo, en especial del fútbol. Aun siendo un niño tenía ya definido todo lo que caracterizaría los equipos que durante toda mi vida serían aplaudidos por mí, está claro que cada factor determinante de agrado jugaba en este azar: plantillas, seguidores, colores, historias y estilos de juego.

Lo que definitivamente caracterizó a mis descartados fue la fama, así es, nunca simpaticé con equipos que estuvieran a la moda o cuyas metas eran mantenerse siempre en el liderato porque descubrí que sus valores eran minimizados. ¿Por qué? La costumbre de ser ganadores los llevaba a forjar una necesidad de ganar siempre, sin importar cómo ni nada.

Es por eso que odié al Real Madrid, porque durante toda mi etapa de crecimiento era el equipo favorito de todos, el más poderoso y el más clamado; todos sus partidos eran transmitidos por televisión y cada noticia deportiva se relacionaba con sus jugadores, aún y si no me simpatizaran mucho. No falta decir que muchos de los partidos en que no merecían ganar, obtenían ventajas de árbitros y organizaciones para poder salir vigente; dicha fama y seguimiento no disminuía aun cuando se notaba como eran equipos totalmente mediocres e incapaces de lograr algo, más allá de eso eran casi obligados y empujados hacia la gloria.

Llegué a detestar el equipo madridista a tal punto que apoyaba a cualquiera que les enfrentase, me decepcionaba entrar a los distintos foros (que antaño estaban de moda) y descubrir cómo se mostraban agresivos los aficionados de dicho equipo, su sed no era de un deporte ni de una competencia, sino de sentirse superiores, de sentirse ganadores.

Las viejas generaciones me contaban cómo Real Madrid fue un equipo protegido por la UEFA por varias décadas, llevándoles a levantar varias “orejonas” con mucha mano negra de por medio; no fue distinta la generación de los “Galácticos”, la perfecta mezcla de dinero, fama, moda e inutilidad – arreglada al máximo para que vencieran a todos sus rivales, quienes desde sus humildes carteras le hacían partidazos a los “todo poderosos”.

Nunca sería capaz de restar méritos a la calidad de jugadores como Zinedine Zidane, Luis Figo, David Beckham, Ronaldo, Raúl González – entre otros que pasaron por el camerino del Santiago Bernabéu en dichos años – pero no había que ser un maestro del fútbol para entender que estas estrellas nunca llegaron a tener la conexión que la prensa anunciaba existía; nunca llegaron a dar un partido del nivel que los aficionados les creían tener y jamás obtuvieron un título que no tuviese alguna crítica de conspiración de por medio; lejos de mencionar varios episodios individuales que me hicieron decepcionarme de muchos de sus integrantes.

Pero de repente pasó algo inhóspito, apareció otro jugador a quien nunca aprecié tampoco como la prensa – Ronaldinho Gaucho – en otro equipo, al cual tampoco aprecié más que al Real Madrid – Barcelona. Y ocurrió un día en el Santiago Bernabéu, mientras el legado blanco parecía decaer ante el mundo, en un partido donde el brasileño simplemente fue brillante y se lució ante los ojos de los rivales; como consecuencia observé que el aficionado del estadio, antes y después de finalizar la humillante y aplastante derrota, ovacionó en pié al jugador rival e inclusive le despidió con tremendas expresiones de elogio.

Ese día descubrí que yo ya no podía odiar a este equipo, porque sus aficionados y sus jugadores me demostraron que aún tenían corazones, que aún tenían humildad y guardaban mucho respeto por aquellos quienes fueran mejores. Descubrí entonces que algunos aficionados del Real Madrid sí respetaban más al fútbol que a su club y decidí olvidar todo el resentimiento que les guardaba.



Meses después, ya cuando era el Barcelona la favorita de la prensa y de la UEFA, y los aficionados arrogantes abucheaban a cualquier quien diera un buen espectáculo en el Camp Nou… Entonces comprendí que si bien no odiaba al Barcelona como odié al Real Madrid, su aficionado tendría que madurar mucho para ganar el corazón de aquellos amantes del fútbol – quienes como yo alguna vez – odiaron instituciones y seguidores por su alta falta de valores. Ese día claramente aún no ha amanecido en Barcelona.


Es así como el tiempo pasó y es así como después de ese día de ovación en el Bernabéu continué sin apoyar a los blancos madridistas, también continué sin apoyar a Ronaldinho y continué sin apoyar al Barcelona; pero una cosa es clara y cierta, lo que hice fue dejar de odiar al Madrid... Y por eso gracias a todos quienes en el Bernabéu se levantaron a ovacionar aquella tarde negra para su equipo, ahora entienden que la verdadera gloria no se guarda en un resultado que la historia, madridistas, culés y yo olvidamos.

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